El Open Británico 2026, que se celebra en el afamado recorrido de Royal Birkdale entre el 16 y el 19 de julio, contempla en su extenso palmarés tres victorias conseguidas por Severiano Ballesteros que contribuyeron decisivamente a situarle en la cúspide del golf mundial.
Alcanzada ahora la edición número 154 de The Open, nunca está de más rescatar de la memoria la impresionante gesta del genio cántabro, que comenzó en 1979, continuó en 1984 y concluyó en 1988 elevando con orgullo el célebre trofeo de campeón.
Ballesteros, en la cuna del golf con el presentimiento de poder ganar
La temporada de Severiano Ballesteros no estaba siendo brillante cuando llegó la hora de visitar St. Andrews con ocasión del Open Británico en 1984. No obstante, el cántabro llegó a la cuna del golf con el presentimiento de que podía ganar, con una sensación interna que le hacía notarse ‘diferente’ respecto de los torneos que había jugado durante la temporada.
“De repente te levantas un día y toda la sensación del juego ha vuelto a ti, todo te sale bien”, respondería Severiano a la machacona pregunta de ¿qué te pasa? después de siete meses sin victorias.
“Con cuatro 69 se gana en St. Andrews”, había pronosticado Severiano, con habitual buen ojo para estas cosas. Y con ese resultado, precisamente, él levantó la copa de campeón de su segundo Open Británico como premio a sus escasos errores (sólo cinco bogeys en todo el torneo, cuatro por los segundos nueve, la parte más difícil del campo), que le permitió acabar la prueba con 12 bajo par, totalizando el resultado más bajo de un campeón en este Old Course, superando en dos el resultado de Kel Nagle en 1960.
Pero esa 113 edición del Open Británico tenía el nombre de un jugador flotando en el ambiente: Tom Watson, ganador de tres torneos en el Circuito Americano en lo que se llevaba de temporada, el último dos semanas antes del British.
El norteamericano había ganado de forma consecutiva las dos ediciones previas, en Royal Troon y en Royal Birkdale, y aspiraba a convertirse en el primer jugador, desde el australiano Peter Thomson en la década de 1950, y quinto en la historia, que ganara el Open Británico tres años seguidos. Además, como récord añadido, igualaría a Harry Vardon con seis títulos.
La prueba comenzó con tres líderes (Greg Norman, Peter Jacobsen y Bill Longmuir) y con buena colocación de destacados protagonistas que aspiraban al triunfo, entre los que se excluyó Jack Nicklaus, último ganador en este campo, con cuatro bogeys y un doble bogey para 76. Severiano, por su parte, cumplía el 25% de su pronóstico camino del triunfo con cuatro birdies, dos en cada mitad, y un bogey en el temido 17, al tiempo que Watson mantenía sus opciones con 71 golpes.
El segundo día trajo el descenso de Norman, quien tras sumar ocho bajo par en 27 hoyos no superó la prueba del viento en los segundos nueve, con seis 5 consecutivos, uno para par. Jacobsen, por su parte, no mantuvo el idilio del primer día con el driver y Longmuir tropezó con un triple bogey en el 17 para desaparecer de la cabeza. Severiano mejoró sus previsiones previas firmando esta vez un 68 que incluía dos birdies y un bogey en la primera mitad y cuatro birdies más en la segunda parte… con la pimienta del inevitable bogey en el 17.
El nuevo líder era el australiano Ian Baker-Finch, que despertó la parte sentimental del torneo ante el posible triunfo de un joven desconocido, máxime cuando tras la tercera jornada se mantenía en cabeza, aunque ahora empatado con Tom Watson, que ascendió después de un brillante 66.
Volvieron también los recuerdos del propio Severiano Ballesteros cuando en 1976 asombró al mundo con su liderato de tres días en el Open Británico, por lo que las dudas razonables sobre el posible triunfo del australiano flotaban en el ambiente.
Watson, que compartía ante la afición mundial el título simbólico de número uno con Severiano Ballesteros, hacía evocar los pensamientos previos al torneo respecto a los registros que podía igualar, mientras que Severiano y Bernhard Langer amenazaban dos golpes detrás. La atención se centraba también, si se daba una serie de carambolas, en Hugh Baiochi y Fred Couples, que sumaban siete golpes más que los líderes.
Tres horas el sábado en TVE… antes de cortar el final de la ronda decisiva
Por cierto, este día TVE se apuntó un buen tanto informativo conectando la retransmisión de la BBC y ofreciendo casi tres horas de la tercera jornada. La pena es que la final la cortaron en el momento culminante (hoyos 17 y 18 de los dos últimos partidos), con Severiano jugándose el triunfo, porque había que cumplir con el compromiso de la quiniela hípica.
En la ronda final, Baker-Finch no pudo soportar la presión de liderar la prueba y ya en el hoyo 7 dejó de contar para el triunfo, por lo que el título se habría de ventilar mano a mano entre Watson y Severiano, con permiso de Langer, segundo en el Open Británico de 1982 y compañero de partido del español, a quien nadie valoraba salvo el cántabro que, cauto, afirmaba que “primero tengo que ganar al alemán”. Y ese mano a mano nos mostró a un Severiano tremendamente sobrio, sin dar resquicio a un error que sabía tendría difícil solución.
Dos birdies le alzaron al liderato, el del 5 compartiendo la cabeza con Watson y el del 8, par 3, para tomar el primer puesto en solitario. Pero Watson no cedió y siguió porfiando a pesar de haber acumulado tres greenes a tres putts en los cinco primeros hoyos, dando comienzo a un tobogán en el primer puesto: igualaba en cabeza con el birdie en el 10; líder en solitario tras el bogey de Severiano en el 11; otra vez compartiendo primer puesto con su bogey en el 12, donde Ballesteros no acertó con su oportunidad de birdie; y nuevamente líder en solitario con birdie en el 13, con un golpe de ventaja a falta de cinco hoyos, pero haciéndole mella la tremenda sensación interior de no poder derribar la resistencia y concentración del español.
En esos cinco hoyos finales, Severiano Ballesteros hizo birdie en el 14 para pasar a compartir el liderato de la prueba mientras que, en el 17, que habría de ser decisivo, jugó un hierro 6 extraordinario desde el rough que paró en green como solo él sabía hacerlo, asegurándose el par, el único que logró en este hoyo en todo el Open.
Watson disfrutaba en el último partido de la oportunidad de saber lo que hacía su rival, que iba en el partido anterior, y no falló la calle en el 17. Luego jugó un hierro 2 que no paró la bola hasta llegar al muro que bordea la carretera, pasado el green. Desde ahí no pudo hacer el par 4 que le mantuviera igualado en la lucha por el triunfo y salió del último tee perdiendo por un golpe.
Por su parte, Severiano sabía que con un birdie en el 18 ganaba con seguridad (nadie suponía que Watson pudiera hacer eagle para empatar…) y lo consiguió con un putt complicado con caídas que finalmente habría de sobrarle puesto que Watson hizo par en el hoyo de cierre y acabó a dos golpes del español.
Tras su último putt, el público estalló de júbilo y Severiano tuvo un gesto exultante golpeando al aire pleno de felicidad, también de rabia, gráficamente vivido en todo el mundo, que se convertiría posteriormente en el logotipo de su empresa, Amen Corner. Después, el beso a la copa y un recuerdo: “dedico este triunfo a la afición española”, con el añadido que escribió en su autobiografía: “Este fue el momento más feliz de toda mi vida deportiva. Mi momento de gloria, mi golpe más fantástico”.
Por Jesús Ruiz
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